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miércoles, 21 de noviembre de 2007

El corazón de un servidor V

Hasta ahora hablamos del propósito y el tiempo de Dios; de las maquinaciones del diablo, y que nuestra motivación debe ser el amor. Pero veamos otras cosas que estuvieron presentes en Jesús, y que son muy importantes.

1. Jesús sabía que “…el Padre le había dado todas las cosas en las manos…” (Juan 13:3)

Jesús tenía para dar porque el Padre le había dado todo. Jesús no hacía nada con la esperanza de recibir algo a cambio. Daba por dar. ¿Por qué? Porque la fuente de su provisión y satisfacción era el Padre.
Naturalmente se piensa que cuando damos perdemos algo. O bien, con una mente renovada, sabemos que “es más bienaventurado dar que recibir” y “dad y se os dará”… Pero el problema es si la mirada se posa en el resultado y no en el “dar” en sí; es estar pendientes o calculando la ganancia de esa acción.
Cuando conocés a Dios y estás entregado a El, no escatimás en dar. Cuando hay áreas en tu vida que no están suplidas es muy difícil que las suplas a otros. Cuando recibimos de gracia, damos por gracia…, pero primero recibimos. Pedro dijo al cojo: “…lo que tengo te doy…”. Es imposible dar lo que no tenemos.

La clave en esto es: satisfechos por Dios.

2. Jesús sabía que “…había salido de Dios…” (Juan 13:3)

Jesús sabía muy bien quién era, cuál era su origen. Hubo muchos que lo cuestionaron, que lo criticaron, que dudaron de él, que lo menospreciaron. Otros tantos lo siguieron, lo amaron, lo sirvieron. Pero nada de esto determinó quién era él.
De la misma forma nosotros debemos saber muy bien quiénes somos, y quien determina esto es Dios. No es ni nuestra familia, ni país, ni trabajo, ni reputación, ni nuestra historia excelente, buena, mala o desastrosa. Aunque “en pecado fuimos concebidos” hubo luego un momento en que “fuimos engendrados por Dios”. Por eso, cuando alguien pregunta: ¿y este de dónde salió?; tranquilamente podemos responder: “de Dios”.
Esto es muy importante que lo tengamos en claro, porque a veces nuestra identidad está condicionada a la aceptación u opinión de los demás.

La clave de esto es: Identidad, sabemos quiénes somos.

3. Jesús sabía que “…a Dios iba…” (Juan 13:3)

En un momento Jesús dijo a los judíos:

“Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir. Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis”. (Juan 8:21, 23-24 )

Muy distinta fue la forma en que habló a sus discípulos en la intimidad de esa cena, a aquellos que sí creyeron que él era quien decía que era:

“Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo a vosotros: a donde yo voy, vosotros no podéis ir”. (Juan 13:33 )

Habrán pensado los discípulos, ¡qué desilusión! ¿Tampoco podemos ir aunque creímos? Pero Jesús aún no había terminado de hablar:

“Le dijo Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: a donde yo voy, no me puedes seguir ahora; más me seguirás después”. (Juan 13:36)
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:2-3 )

Y luego oró al Padre pidiéndole:

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo…” (Juan 17:24)

Esto es importante, porque cuando uno sabe a dónde va, no se arraiga en el mundo, ni en las posesiones, ni a una posición, ni a una reputación ni a nada. Cuando sabés a dónde vas sos libre para dar todo, sabiendo que sos peregrino y extranjero, que estás de paso, pero con un propósito.

La clave en esto es: destino, sabemos a dónde vamos.