“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Juan 13:1-5)
Muchas veces a este pasaje lo leemos automáticamente, fijándonos solo en la actitud más evidente de Jesús hacia sus discípulos: “lavarles los pies”. Pero no vemos lo que respalda esa actitud, el proceso previo, la preparación.
Pero Jesús estaba al tanto de todo. Si nos sumergimos más en las palabras de este relato descubrimos los entretelones, lo que sucedía en el corazón de Jesús, lo que tanto habrá deseado compartir con los suyos, pero no lo podrían entender sino más tarde.
Así nosotros también pasaremos momentos de soledad, donde nadie entiende lo que vivimos, o a lo que estamos dispuestos a vivir por causa del Señor, por el anhelo que tenemos de hacer su voluntad. No entienden ni los procesos, ni los tiempos, tampoco nuestros sentimientos, luchas, dudas, esperanzas y alegrías. Sólo nos queda Dios. Y no van a faltar quienes, como Pedro dijo al Señor, nos digan igualmente: "... ten compasión de tí; en ninguna manera esto te acontezca". (Mateo 16:22). Porque cuanto más nos acercamos y entregamos al Señor, tanto más vamos entendiendo y disponiéndonos a negarnos a nosotros mismos, a dejar nuestros "derechos", gustos, sentimientos, sueños, para hacer la voluntad de Dios; y nada produce mayor gozo que esto, aunque en el momento a veces implique aflicción.
Mientras tanto, aquellos que tienen bajo su cuidado discípulos del Señor, sigan con el trabajo dedicado, perseverante y paciente de transmitirles enseñanzas y vivencias, pero siendo sensibles a la obra de Dios, particular y única en cada uno de ellos.
