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miércoles, 21 de noviembre de 2007

El corazón de un servidor II

“…sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre…” (Juan 13:1)

Jesús conocía el tiempo y el propósito de Dios, lo que debía acontecer en esa hora. En toda su vida aquí en la tierra supo cuál era el tiempo para cada cosa que debía suceder, el tiempo exacto para que la voluntad de Dios se llevara a cabo; ni se adelantaba ni se retrasaba. Lo que estaba por pasar era algo esperado, sabido, no lo tomó por sorpresa.
Muchas veces nosotros sabemos qué es lo que Dios quiere, podemos vislumbrar su propósito, pero erramos en el tiempo. Nos ponemos ansiosos porque se cumpla o bien nunca aceptamos que “el día es hoy” y lo retrasamos.
Pero lo más difícil es resistir a aquellos que opinan sobre nuestras vidas sin saber cómo está operando Dios en nosotros. Sólo personas rendidas a Dios y que pasaron por momentos similares pueden entender lo que uno pasa, y podemos prestarle oídos a sus sugerencias porque pueden llegar a confirmar y dar dirección a lo que Dios ya ha puesto en nuestro corazón y que no llegamos a comprender totalmente. Pero a veces buscamos tanto la aprobación de los otros y que vean lo mismo que nosotros, que si no estamos seguros podemos llegar a vacilar y detenernos en lo que Dios nos está indicando, o bien salir corriendo antes de tiempo.

Hay algo que es digno de ser observado en estas palabras. No dice que había llegado la hora de ser crucificado, azotado, sacrificado, de sufrir, de cargar con el pecado de todos, de soportar el juicio de Dios, de pagar el precio por el pecado y por último la victoria. No, sus ojos no estaban fijos en el proceso, en el desarrollo, en el intermedio; sino en el objetivo.
Lo importante era que la hora había llegado “para que pasase de este mundo al Padre”, no tanto la forma en que esto sucedería. No quiero decir con esto que no estaba conciente, porque lo era. Leemos en muchos pasajes cómo él se entristeció y se angustió su alma hasta la muerte sabiendo de antemano lo que padecería. No fue nada fácil, tuvo que tomar esa copa. Pero era imprescindible que pusiera sus ojos en el objetivo, en la meta. Hebreos 12:2 nos dice que “…Jesús… por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.
Por eso es necesario que nosotros también tomemos esta actitud. Hay un plan trazado para nosotros, cosas que vivir, procesos que soportar, pero debemos tener siempre puestos nuestros ojos en la meta, en el objetivo, "pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." (2º Corintios 4:17-18)