BIENVENIDOS

viernes, 6 de junio de 2008

PARA PENSAR...

(Lee Génesis cap.5 y Gn.9:29)

Leemos en estos pasajes que Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Matusalén, Lamec y Noé, vivieron, engendraron hijos y murieron.
Pero de Enoc no dice que vivió y murió, sino: "Y caminó Enoc con Dios..." y remarca: "Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios." (Gn.5:22,24)

¿Solo vivís o caminás con Dios?

¡ YO NO SOLO QUIERO VIVIR, SINO CAMINAR CON DIOS !

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El corazón de un servidor VI

Resumiendo:

“…sabiendo que su hora había llegado…”: conociendo el tiempo de Dios.
…para que pasara de este mundo al Padre…”: conociendo el propósito de Dios.
“… los amó hasta el fin…”:
motivados por el amor.
“… como el diablo sabía…”:
conociendo y resistiendo las maquinaciones de Satanás.
“… sabiendo que el Padre le había dado todas las cosas…”: satisfechos por Dios.
“… sabiendo que había salido de Dios…”: sabiendo quiénes somos.
“… sabiendo que a Dios iba…”: sabiendo a dónde vamos.


Basados en esto, ¿qué hizo Jesús? ¿Y qué haremos nosotros?

“…se levantó de la cena y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un librillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Juan 13:4)

El estar sentado en una cena indica un lugar de honor, de ser servido, agasajado, para ser “saciado”.

“¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú?” Lucas 17:8

En este pasaje quien se sacia primero es el señor, luego el siervo; pero Jesús invirtió el papel; satisfizo primero a los siervos, él, el Señor y Maestro.
Jesús dejó el lugar de honor, el lugar de recibir, el lugar de privilegio. Esto era imposible si no tenía clara su misión; que había venido a servir y no para ser servido. No era posible si no tenía claro quién era, lo cual no dependía de su función ni de su posición delante de los hombres. No lo hubiera hecho si su satisfacción no fuera el Padre. Esto era imposible si no los hubiera amado.

Hablando de Jesucristo, Isaías dice:

“Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos…” Isaías 53:11

El postergarse, el dar, muchas veces no es agradable al alma, puede producir aflicción; pero da fruto y cuando lo vemos, nada puede superar esa satisfacción. Creo que Jesucristo al ser exaltado, luego de haber vencido, miró y sigue mirando a los hombres siendo justificados al creer en él por la palabra de aquellos que, como lo hizo su Maestro, encontraron satisfacción en Dios y saciaron a los demás.

Si estás esperando recibir, si cada cosa que hacés es para saciarte; es imposible que renuncies a los privilegios, a tu posición, a postergarte por otros. Es difícil hablar a quienes conocen menos, es difícil callar y escuchar a otro, es difícil no recibir atención especial, es difícil no pertenecer al grupo selecto.
Pero si, como vimos antes, tu satisfacción viene de Dios y no depende de los demás, podés dar hasta cansarte, podés postergarte, podés escuchar a quienes saben menos, podés renunciar a privilegios, podés ceder tu lugar.
Asi que, conociendo el tiempo y el propósito de Dios, motivados por el amor, resistiendo a Satanás, sabiendo que nuestra satisfacción es Dios, y quienes somos y a dónde vamos; es nuestra la decisión de levantarnos de la cena y servir…o quedarnos sentados esperando recibir. Pero si todo lo primero está en nuestra vida, creo que nuestra decisión va a ser lo primero.
“Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Jesús) . (Juan 13:17)



El corazón de un servidor V

Hasta ahora hablamos del propósito y el tiempo de Dios; de las maquinaciones del diablo, y que nuestra motivación debe ser el amor. Pero veamos otras cosas que estuvieron presentes en Jesús, y que son muy importantes.

1. Jesús sabía que “…el Padre le había dado todas las cosas en las manos…” (Juan 13:3)

Jesús tenía para dar porque el Padre le había dado todo. Jesús no hacía nada con la esperanza de recibir algo a cambio. Daba por dar. ¿Por qué? Porque la fuente de su provisión y satisfacción era el Padre.
Naturalmente se piensa que cuando damos perdemos algo. O bien, con una mente renovada, sabemos que “es más bienaventurado dar que recibir” y “dad y se os dará”… Pero el problema es si la mirada se posa en el resultado y no en el “dar” en sí; es estar pendientes o calculando la ganancia de esa acción.
Cuando conocés a Dios y estás entregado a El, no escatimás en dar. Cuando hay áreas en tu vida que no están suplidas es muy difícil que las suplas a otros. Cuando recibimos de gracia, damos por gracia…, pero primero recibimos. Pedro dijo al cojo: “…lo que tengo te doy…”. Es imposible dar lo que no tenemos.

La clave en esto es: satisfechos por Dios.

2. Jesús sabía que “…había salido de Dios…” (Juan 13:3)

Jesús sabía muy bien quién era, cuál era su origen. Hubo muchos que lo cuestionaron, que lo criticaron, que dudaron de él, que lo menospreciaron. Otros tantos lo siguieron, lo amaron, lo sirvieron. Pero nada de esto determinó quién era él.
De la misma forma nosotros debemos saber muy bien quiénes somos, y quien determina esto es Dios. No es ni nuestra familia, ni país, ni trabajo, ni reputación, ni nuestra historia excelente, buena, mala o desastrosa. Aunque “en pecado fuimos concebidos” hubo luego un momento en que “fuimos engendrados por Dios”. Por eso, cuando alguien pregunta: ¿y este de dónde salió?; tranquilamente podemos responder: “de Dios”.
Esto es muy importante que lo tengamos en claro, porque a veces nuestra identidad está condicionada a la aceptación u opinión de los demás.

La clave de esto es: Identidad, sabemos quiénes somos.

3. Jesús sabía que “…a Dios iba…” (Juan 13:3)

En un momento Jesús dijo a los judíos:

“Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir. Vosotros sois de abajo, yo soy de arriba; vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis”. (Juan 8:21, 23-24 )

Muy distinta fue la forma en que habló a sus discípulos en la intimidad de esa cena, a aquellos que sí creyeron que él era quien decía que era:

“Hijitos, aún estaré con vosotros un poco. Me buscaréis; pero como dije a los judíos, así os digo a vosotros: a donde yo voy, vosotros no podéis ir”. (Juan 13:33 )

Habrán pensado los discípulos, ¡qué desilusión! ¿Tampoco podemos ir aunque creímos? Pero Jesús aún no había terminado de hablar:

“Le dijo Pedro: Señor, ¿a dónde vas? Jesús le respondió: a donde yo voy, no me puedes seguir ahora; más me seguirás después”. (Juan 13:36)
“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:2-3 )

Y luego oró al Padre pidiéndole:

“Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo…” (Juan 17:24)

Esto es importante, porque cuando uno sabe a dónde va, no se arraiga en el mundo, ni en las posesiones, ni a una posición, ni a una reputación ni a nada. Cuando sabés a dónde vas sos libre para dar todo, sabiendo que sos peregrino y extranjero, que estás de paso, pero con un propósito.

La clave en esto es: destino, sabemos a dónde vamos.

El corazón de un servidor IV

“Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase…” (Juan 13:2)

Las cosas se estaban desatando, las circunstancias se estaban desencadenando, el plan de Dios se estaba apresurando. Tal vez este es el punto sin retorno.
Es irónico, pero cuando el enemigo cree que está haciendo lo peor que se le ocurre, no se da cuenta que se esta cumpliendo el plan de Dios. Que tranquilidad da saber que todo está dirigido por Dios. Nunca antes habían podido atrapar ni hacerle nada a Jesús. ¿Por qué? Porque “el tiempo aún no había llegado”.
A Jesús no lo tomó desprevenido, sabía exactamente todos los movimientos de Satanás y se adelantó a él, lo puso en evidencia. Aunque era necesario no desbaratar sus planes, dejó bien claro que sobre todo Dios seguía teniendo el control absoluto y soberano.
Pero nosotros debemos estar atentos, porque no ignoramos las maquinaciones de Satanás.
Nuestro corazón, como Judas, puede oír la voz de Satanás mintiéndonos, acusándonos, desanimándonos. Pero recordemos que “engañoso es el corazón”, así que debemos estar atentos y no hacer caso a toda voz, que aún puede venir de otras personas, sino velar y filtrar nuestros pensamientos y sentimientos “…porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. (2º Corintios 10:4-5 )
Debemos resistir firmemente a Satanás. La Palabra nos habla claramente sobre este tema y no hace falta agregar mas:

"Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe..." (1º Pedro 5:8-9)
“Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo”. (Efesios 6:10-11)
"Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros". (Santiago 4:7)



El corazón de un servidor III

“… como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. (Juan 13:1)

Muchas veces cuando llega el tiempo del cumplimiento de algo determinado por Dios nos olvidamos de aquellos que nos acompañaron hasta ese momento. Tanto nos concentramos en lo que está por suceder que no atendemos lo suficiente a los nuestros, a aquellos que, aunque no nos comprenden totalmente, han estado con nosotros en nuestras pruebas, que han aprendido de nuestras vidas pero que también se han brindado con lo que tenían y nos han servido. Aquellos que, sabemos en secreto, un día van a estar en nuestro lugar; y los miramos, y los amamos, y nos preguntamos qué seguirán viviendo.
Había llegado el momento de separarse, aunque sería por un tiempo. Me imagino en esa cena a Jesús mirando a cada uno de ellos, recordando tantos momentos pasados juntos, buenos y malos, las veces que los tuvo que disciplinar y reprender, las ocasiones en que los abrazó, cuando los impulsó a avanzar, cuando los contuvo. Jesús aprovechó hasta el último momento para brindarse a ellos, “los amó hasta el fin”. Esta era su motivación. Cada gesto, cada palabra, cada corrección, cada mirada, cada enseñanza, cada silencio, todo, todo estaba marcado por su amor por ellos. Esta era la fuerza que lo movía, que lo sostenía para continuar, era el único motivo para no retroceder, era el sello de su obra, de su vida, de su sacrificio, de su dedicación, de su entrega; y lo mejor de todo, es el sello de su exaltación, porque aún después de haber vencido su amor permanece intacto.
Revisemos nuestra motivación. ¿Es la misma que la de Jesús? Reflexionemos en esto, si no, no tiene sentido seguir leyendo. Sin esta base todo lo demás se desmorona:
“Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”. (1º Corintios 13:1-3 )

El corazón de un servidor II

“…sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre…” (Juan 13:1)

Jesús conocía el tiempo y el propósito de Dios, lo que debía acontecer en esa hora. En toda su vida aquí en la tierra supo cuál era el tiempo para cada cosa que debía suceder, el tiempo exacto para que la voluntad de Dios se llevara a cabo; ni se adelantaba ni se retrasaba. Lo que estaba por pasar era algo esperado, sabido, no lo tomó por sorpresa.
Muchas veces nosotros sabemos qué es lo que Dios quiere, podemos vislumbrar su propósito, pero erramos en el tiempo. Nos ponemos ansiosos porque se cumpla o bien nunca aceptamos que “el día es hoy” y lo retrasamos.
Pero lo más difícil es resistir a aquellos que opinan sobre nuestras vidas sin saber cómo está operando Dios en nosotros. Sólo personas rendidas a Dios y que pasaron por momentos similares pueden entender lo que uno pasa, y podemos prestarle oídos a sus sugerencias porque pueden llegar a confirmar y dar dirección a lo que Dios ya ha puesto en nuestro corazón y que no llegamos a comprender totalmente. Pero a veces buscamos tanto la aprobación de los otros y que vean lo mismo que nosotros, que si no estamos seguros podemos llegar a vacilar y detenernos en lo que Dios nos está indicando, o bien salir corriendo antes de tiempo.

Hay algo que es digno de ser observado en estas palabras. No dice que había llegado la hora de ser crucificado, azotado, sacrificado, de sufrir, de cargar con el pecado de todos, de soportar el juicio de Dios, de pagar el precio por el pecado y por último la victoria. No, sus ojos no estaban fijos en el proceso, en el desarrollo, en el intermedio; sino en el objetivo.
Lo importante era que la hora había llegado “para que pasase de este mundo al Padre”, no tanto la forma en que esto sucedería. No quiero decir con esto que no estaba conciente, porque lo era. Leemos en muchos pasajes cómo él se entristeció y se angustió su alma hasta la muerte sabiendo de antemano lo que padecería. No fue nada fácil, tuvo que tomar esa copa. Pero era imprescindible que pusiera sus ojos en el objetivo, en la meta. Hebreos 12:2 nos dice que “…Jesús… por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios”.
Por eso es necesario que nosotros también tomemos esta actitud. Hay un plan trazado para nosotros, cosas que vivir, procesos que soportar, pero debemos tener siempre puestos nuestros ojos en la meta, en el objetivo, "pues esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." (2º Corintios 4:17-18)

El corazón de un servidor I

“Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó.
Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido”. (Juan 13:1-5)

Muchas veces a este pasaje lo leemos automáticamente, fijándonos solo en la actitud más evidente de Jesús hacia sus discípulos: “lavarles los pies”. Pero no vemos lo que respalda esa actitud, el proceso previo, la preparación.

Momentos antes Jesús había enviado a los discípulos a preparar el lugar para celebrar la pascua, pero había cosas que ya se venían preparando, aún antes de la fundación del mundo. El misterio de los siglos estaba próximo a consumarse, cosas fundamentales y eternas estaban por establecerse.
Los discípulos pensaban en los arreglos, en el pan, en la mesa, en la próxima cena, otra celebración más. ¿Habrán sabido lo que todo eso significaba? ¡Cuántas cosas sólo entendieron después que todo había pasado!

Pero Jesús estaba al tanto de todo. Si nos sumergimos más en las palabras de este relato descubrimos los entretelones, lo que sucedía en el corazón de Jesús, lo que tanto habrá deseado compartir con los suyos, pero no lo podrían entender sino más tarde.
Me imagino que habrá sido un momento de profunda soledad. Aquellos que lo rodeaban ni se imaginaban lo que sucedería. Sólo le quedaba su Padre.
Ambos sabían lo que vendría, lo que tenía que suceder, lo inevitable pero necesario... sabiendo el Padre lo que viviría el Hijo; sabiendo el Hijo que "sería herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados, que el castigo de nuestra paz sería sobre él, y que por su llaga seríamos nosotros curados".

Así nosotros también pasaremos momentos de soledad, donde nadie entiende lo que vivimos, o a lo que estamos dispuestos a vivir por causa del Señor, por el anhelo que tenemos de hacer su voluntad. No entienden ni los procesos, ni los tiempos, tampoco nuestros sentimientos, luchas, dudas, esperanzas y alegrías. Sólo nos queda Dios. Y no van a faltar quienes, como Pedro dijo al Señor, nos digan igualmente: "... ten compasión de tí; en ninguna manera esto te acontezca". (Mateo 16:22). Porque cuanto más nos acercamos y entregamos al Señor, tanto más vamos entendiendo y disponiéndonos a negarnos a nosotros mismos, a dejar nuestros "derechos", gustos, sentimientos, sueños, para hacer la voluntad de Dios; y nada produce mayor gozo que esto, aunque en el momento a veces implique aflicción.
Hoy hay demasiadas voces que te gritan: "Cuida de tí" "disfrutá" "tenés derecho" "reclamá la promesa"; pero poco escucho, y casi como un susurro: "niégate a ti mismo, toma la cruz y sigue a Cristo".
¿Qué le contestó Jesús a Pedro? "¡Quítate de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres".
Entendamos que detrás de todas estas voces, está Satanás poniéndonos tropiezo. No le demos lugar. El nos va a gritar a través de la gente: amigos, familiares, hermanos; va a querer tocar nuestros sentimientos y pensamientos; aún desde púlpitos y libros lo escucharemos. ¡Pero no le demos lugar a sus sugerencias!. Fijemos nuestros ojos en Cristo y sigamos a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Mientras tanto, aquellos que tienen bajo su cuidado discípulos del Señor, sigan con el trabajo dedicado, perseverante y paciente de transmitirles enseñanzas y vivencias, pero siendo sensibles a la obra de Dios, particular y única en cada uno de ellos.

Pero no nos quedemos sólo con este relato, con la historia de lo que pasó; sino veamos cómo esta historia se repite a diario entre nosotros. Las situaciones son distintas, pero los procesos y sentimientos son muy parecidos. Veamos…